bienvenido a la última puerta, más allá solo hay silencio

viernes, 8 de mayo de 2026

Las tardes del Aero-Club


En la radio de un coche aparcado a la entrada se escuchaba a Blondie. Era primavera y en el aula un viejo y aburrido profesor cumplía con el trámite de quién sabe qué, el Ordenamiento de Alcalá, tal vez. Nada que nos importara tanto como para renunciar a otra enseñanza que se abría camino en nuestras vidas, la de que el tiempo no espera a nadie. ¿Cuántas generaciones habrían escuchado desde 1348 que de cualquier manera que un hombre se obliga queda obligado? Lo aprendieron, lo defendieron, se marcharon de este mundo, fueron olvidados. Solo lo escrito en piedra permanece, pero nuestras vidas se borran con un soplo. Era el momento de apreciar la vida,  mucho más que las leyes. Lo más simple de la vida. La copa de Magno a las cuatro de la tarde en el bar de Jorge Juan, jugando al mentiroso con dados inciertos. El sol en el rostro y el cigarrillo entre los dedos. Esa canción que llegaba desde el coche con las ventanillas bajadas. Dejarse ir hacia el atardecer, decidiendo si a la siguiente clase iríamos o no. Y entre los árboles, bañado por la luz de poniente, como el castillo de un mago alquimista, se resolvía nuestro próximo destino: la cafetería del Aero-Club, que era la última frontera entre el mundo y la plácida existencia que habíamos elegido. Hacía años que no aterrizaban avionetas en la pista, que la torre de control estaba desierta, pero el café en la barra justificaba detener el reloj y olvidar a Justiniano. La máquina de bolas, con su sinfonía de chasquidos y timbres, con su fanfarria y luces intermitentes, nos encadenaba una hora más. Éramos tan jóvenes entonces, vivíamos un paréntesis breve, una ilusión que no duraría.

Han pasado tantos años, medio siglo casi. Ahora estoy al otro lado del espejo, viendo a quienes no me ven. De camino al aula paso por delante del Aero-Club. La explanada polvorienta hace ya mucho que fue sustituida por baldosas y cuidados jardines, y la geometría se impuso al espíritu. Nada queda de lo que fue. El viejo Aero-Club conserva su nombre pero hoy es un edificio administrativo cuyo uso desconozco y no tengo interés en conocer. Lo miro sin acercarme, parado ante su fachada de otro siglo, blanca y mediterránea, y en la violenta luz del mediodía me siento arrebatado por los años y los pasos perdidos, y las tardes de juventud tiemblan por un instante, como un espejismo, y los contornos del edificio y mi propia vida se desdibujan. 

 Dedicado a Emilio Jordán, que hoy cumple años.

martes, 21 de abril de 2026

Ya nada es como entonces

Barrio Virgen del Remedio, Alicante, límite sur. 2026.

En la novela "El prisionero de la planta 15", Salvador Perpiñá sitúa a uno de sus personajes mirando el horizonte desde un edificio en construcción, en un territorio despoblado que pronto dejará de serlo. En esa evocación de la periferia madrileña de los años sesenta aflora mucho más que el retrato urbano de una época: Perpiñá detiene magistralmente el tiempo en la mente del lector y como en un colosal choque de placas tectónicas confluyen el pasado y el futuro. Es el momento de cambio. Hoy ya nada es como entonces. Madrid ha seguido creciendo en el medio siglo siguiente y continúa haciéndolo. Hay nombres que solo significan lo que hubo un día y ya no existe: Fuente del Berro, Pinar de Chamartín... los puedes encontrar en un plano del Metro y solo son una parada en una línea subterránea. En esa época en la que las fotografías retrataban España en blanco y negro, yo era un niño todavía, mucho más niño que ahora. Alicante también empezaba a cambiar, a quererse distinta y destino, como Madrid pero a su manera. Perpiñá describe Usera como personificación del extrarradio; en mi ciudad se construía en aquellos años el barrio de la Virgen del Remedio con parecidos materiales: obra barata y emigrantes rurales. 

Eran los años del Seat 600, la televisión con un solo canal y carta de ajuste, los números de teléfono de seis cifras o menos, los partidos de pelota en las calles, los celtas cortos y los bisontes, el luto, las misas dominicales, el pecado y tantas otras cosas más. No existían bienes y servicios de primera necesidad como los restaurantes asiáticos, el salmón ahumado, los mandos a distancia, los teléfonos móviles, internet o los gimnasios; las carreteras eran estrechas y no había autopistas, y los trenes llegaban siempre tarde. Casi nadie viajaba al extranjero. Se pagaba con dinero, con pesetas, aunque los más viejos seguían contando en duros o en reales. Ellos, los más viejos, venían de otro mundo todavía más antiguo, en el que en las casas no había agua corriente ni más calefacción que el brasero, y las calles sin luz eléctrica eran oscuras y cuando llovía se embarraban. Habían vivido más de una guerra, casi nunca se quitaban la camisa, no se bañaban en el mar, y tuvieron hijos que no siempre les sobrevivían. Hablo de mis abuelos y de los padres de mis abuelos. Mi bisabuela me contaba cosas de su niñez que me parecían irreales, imposibles. Para ella, en los años sesenta ya nada era como entonces.

Hay una ola gigantesca, inmemorial e invisible, que se retira mar adentro, hace su camino alejándose y regresando durante años, y nadie la ve. No sabemos que vuelve hasta que se nos echa encima y borra el pasado. Sucede cada cincuenta o sesenta años y hay un lapso, cuando ya puedes presentir su cercanía, en el que es posible darse cuenta de que ya nada va a ser igual. Es entonces cuando sientes la violenta confluencia del pasado y del futuro, la conciencia de futilidad de cualquier acto, el abandono ante lo irremediable y también, pasmado e inmóvil ante el horizonte, notas el cosquilleo infantil, la curiosidad del qué vendrá.