Este que ahora empieza es un viaje interior y no hay mapas ni rutas, solo dejarse ir en las horas, sincronizarse con la luz y la sombra, con el mar y la tierra. Es el reino de la pausa: las incontables conchas en la arena de la bajamar, la arena iridiscente, las corrientes que señalan una dirección más allá de lo imaginable, que vuelven a por ti una y otra vez, el sol que se sube en la grupa del viento. Una llamarada, un látigo, la furia del sol reventando en la sangre. Es mediodía.
Volvemos a la playa, siguiendo la llamada de la sal, los rastros de las aves en la arena blanca. Una sombrilla vuela, arrancada por el viento: volantines sin rumbo, un venablo que busca la nada o un pecho. Indiferentes, las gaviotas recorren la orilla, se adentran en el arenal. África, al otro lado del mar, muy cerca, y sin embargo no existe, es el pasado, la madre olvidada. Un helicóptero de la guardia civil vigila la costa.
El libro que leo se desvanece lentamente en el ocaso, hasta el día siguiente. La tenue sombra se ha ido adueñando de las paredes encaladas. Vuela un ave, el último gorrión se baña en la fuente. Una pieza de piano que solo yo escucho, construida con notas silenciadas y repeticiones sutiles, senderos que se abren paso hacia una melodía secreta. Soothe the noise. Calma el ruido. Antes de cerrar, un mojito y un seis doble para abrir, juego de los gemelos que se buscan. También en el cielo anochecido la constelación de Géminis, los gemelos. El verde de la hierbabuena no se apaga todavía, las camareras recogen las mesas. Las palmeras abanican las constelaciones y un satélite cruza. Hay quince mil allí arriba, y la luna.
(Diarios de viaje. Juan J. Vicedo)
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