Esta tarde va a haber un eclipse de sol y la gente anda alborotada por las calles, esperando algo que cambiará sus vidas durante el tiempo de beberse una horchata y poco más. Ajeno a estas cosas me hago uno con el atardecer. El verano pide quietud. Si te dejas querer por ella y te hundes lentamente en ese modo de ser en el mundo, puedes entrar en el alma del estío del mismo modo que un velero se desliza por aguas transparentes. Hablo del verano mediterráneo, el que nace del sol y las algas, del levante y la humedad que enturbia las noches y esconde las estrellas. Esto, zambullirse en el misterio de la canícula, no se aprende enseguida. Nunca de niño, porque es imposible siquiera pararse a escuchar la voz del verano; son demasiados los alicientes que empujan en la misma dirección, y los niños tienen una inclinación natural a hacer del calor un aliado, del sudor un amigo, y así se entregan al juego desde que vacían el tazón del desayuno hasta que el sol se pone. El verano, en la infancia, es un continuo de cantos de sirena y promesas de felicidad en cada despertar. De niños solo pensamos en correr.
La lección se empieza a aprender años más tarde, en las siestas ungidas por las chicharras, en los emparrados y en la indolencia de las horas a la sombra de una higuera pintada de higos, en el vuelo de una libélula o la persistencia de una avispa, en los atardeceres con un libro entre las manos al que la luminosidad del cielo borra las palabras, en las noches en las que una bebida helada da otro sentido al destello de una luciérnaga. Son tardes y noches en las que los relojes se paran y una gota de sudor se detiene en la nuca. Entonces no existes en el mundo, estas solo, en un espacio infinito y fuera del tiempo, y aunque te está permitido regresar sin embargo te demoras, tú mismo te retienes allí donde las voces son un hilo de telaraña en la bruma. El hielo se ha derretido en tu vaso, y la constelación del Cisne despliega sobre ti sus grandes alas.
Año tras año te cuesta cada vez menos entrar en el corazón del verano y quedarte allí, muy quieto, inerte. A veces la brisa te acaricia los pensamientos, te acerca la memoria de días pasados que creías perdida. Es posible que el verano y el Mediterráneo sean la misma cosa, una sustancia azul a la que tus sueños son ya permeables. Llega un momento en el que has escuchado tantas veces su canción y su silencio que empiezas a sentir que es el mismo día repetido Y te dejas ir, te eclipsas. Entonces renaces.

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