bienvenido a la última puerta, más allá solo hay silencio

viernes, 28 de agosto de 2026

El enigma más profundo

 


Cristina había cocinado un rape a la marinera sin el que la noche ni el verano podían iniciarse, y su solo recuerdo establece hoy las coordenadas de la felicidad y un festival sinestésico zarandea las neuronas. Media hora después del último bocado y de mojar pan, nos planteábamos al borde de la piscina la existencia de Dios, mientras con una copa de cava celebrábamos que un año más el sol entraba en la casa de Géminis. Tal vez el estímulo nos llegó del pescado que habíamos cenado, o de la verdad innegable según la cual uno se plantea tan graves reflexiones cuando es joven o cuando se ve en el umbral de empezar a ser viejo. Yo había dejado atrás los entrañables sixty-four que cantaba McCartney, y Javier entraba en los eróticos soixante-neuf de Gainsbourg, y en esta edad la conciencia cósmica se deja ver en cualquier lugar: en los azulejos del baño, en un jarrón en el que las flores mañana se marchitarán o en el reflejo de las luces del porche en el agua transparente y clorada. Has dejado de buscar tu relación con el universo en las páginas de viejos libros, y tratas de encontrarla en los sueños de infancia o en la nada. Ahí tal vez está Dios.

A mí, que he sido creyente en las capillas a media luz, agnóstico en primavera y ateo en los hospitales, que he rezado y blasfemado a distintas horas y años y en absoluto desorden, ha dejado de preocuparme la dialéctica de la razón y la fe. Simplemente sospecho que la verdad es algo más que materia, pues el misterio se oculta detrás. Me conformo con decir que como no conozco su nombre le llamo el Tao, el sentido. No sé más. Apurando mi copa y llenándola de nuevo mientras Javier Arenas se sumergía desnudo en el arcano azul del agua y la Estrella Polar contemplaba nuestras vidas en la distancia sin cifra, me habría dado igual descubrir a Dios en un olivo o la negación de su existencia en el vuelo de un murciélago.

En noches amables como esa todo cuanto sea revelado merece nuestra plácida aceptación. Tal vez Lao-Tsé cenó un pescado a la brasa antes de descubrir la puerta por la que entran todas las maravillas. Puedo igualmente imaginar que Aute flotaba en la piscina de algún amigo cuando confirmó que el pensamiento no puede tomar asiento. Hay otros días, sin embargo, como esta madrugada del veinte de agosto en la que un viento furioso ha golpeado las persianas y el calor del infierno violaba el sueño. Desvelado, me preguntaba si era esa una prueba del poder de Dios o, por el contrario, de su ausencia en el universo en el que no está ni ha estado nunca. Sigo sin saber, y no me importa. He renunciado a entender los prodigios y a resolver los enigmas. No hay necesidad, basta con buscar un cielo interior en el que dejarse ir hasta el próximo verano. Ya percibo el brillo de las estrellas de junio, ya siento el aroma del rape en la cazuela.









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