Era empezar agosto y cambiar el tiempo. Son las cabañuelas, decían los mayores. A fuerza de escucharlo lo integrabas en las cosas del mundo que asumías sin entenderlas, como los embarazos, la muerte de los gorriones o la fiesta del dieciocho de julio. Las cabañuelas eran un modo de predecir el clima del año que se iniciaba, basándose en el de cada día del mes de agosto. Uno intuía que lo de agosto tenía un sentido, porque cada día podía ser distinto, no como en julio, que hacía calor siempre y el cielo no se nublaba. Empezaba a contarse el quinto día, que era el de la festividad de la Virgen del Remedio, patrona de Alicante. En otros lugares era posible que lo contaran de otro modo y seguía teniendo un sentido, porque la predicción era para el lugar donde vivías y observabas los cambios del tiempo. No se trataba de predecir el clima de un año entero en Abisinia ni en Pontevedra. Bastaba con el nuestro. El método era fácil, cada día se correspondía con la primera quincena de un mes, y al terminar se empezaba de nuevo en orden inverso. Si el seis de agosto era templado, la primera quincena de septiembre lo sería. Si el día de la Virgen llovía, también lo haría la primera quincena de junio, y así hasta agotar veinticuatro días de predicciones. Los restantes días del mes no servían para nada. Visto así, muy científico no parece, pero entonces la ciencia era algo que no estaba a mi alcance. Para ser sinceros, tampoco ahora. Un verano me picó la curiosidad y apunté en una libreta el clima de cada día, con la idea de maravillarme al ver cómo se cumplían las predicciones. Pero llegó septiembre, volvimos al colegio y la cosa quedó en nada.
En agosto, decía, el tiempo te sorprendía cada día. Una mañana nos despertábamos con el levante soplando fuerte y a trescientos metros de distancia podíamos ver las crestas de espuma de la playa azotada por el oleaje. Habría bandera roja y no podríamos bañarnos lejos de la orilla - entonces no se cerraban las playas ni se prohibía el baño, y la consecuencia era que algunos forasteros temerarios o no avisados se ahogaban en el mar -. Otro día amanecía soleado, de ese sol agradable que te invita a ser feliz, y coincidía con la llegada del hombre que vendía queso manchego y miel de La Alcarria. Venía con dos cestas y las espardeñas polvorientas del camino, el rostro curtido y la calderilla en el talego. Mi abuela, o mi madre, siempre le compraban. Para mi, y también para mi hermano, su aparición era más importante que la Asunción de María y la misa del día 15, cuando la parroquia de la playa se llenaba y había que ir temprano para poder sentarse.
En agosto, ahora que lo pienso, pasaban muchas más cosas que en julio. Después de las tormentas de verano los caracoles salían por centenares de sus escondites y las altas plantas de hinojo que poblaban los bancales abandonados se llenaban de ellos. Al día siguiente, o esa misma tarde si había llovido pronto, el campo se prodigaba en gitanos, venidos de San Juan a coger caracoles. También maduraban los higos. Había un par de higueras al pie del camino que llevaba a nuestra casa. No eran nuestras, pero como si lo fueran, porque el dueño de las tierras nunca venía y no teníamos vecinos. Había un día de agosto en que mi abuela anunciaba que al día siguiente estarían para coger. Casi nunca pudimos, porque al alba un caminante daba cuenta de ellos; nunca supimos quién, ni si era el mismo todos los años. Otro que se llegaba hasta la puerta de la casa por esos días, precedido por el sonido de su flauta, era el afilador. Le sacábamos los cuchillos y aprendimos de esa manera un inesperado uso para las bicicletas. No había día igual a otro.
En agosto también, pocos años más tarde, murió Elvis.

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