bienvenido a la última puerta, más allá solo hay silencio

jueves, 30 de julio de 2026

Misterios del verano


Cuando niño, me contaron que las chicharras a veces reventaban de tanto cantar. En los días más calurosos, en los que más intenso era el zumbido que nacía de la pinada de casa de mis abuelos, era fácil encontrar el esqueleto de alguna de ellas, aferrado a la corteza del árbol, o a un tallo de adelfa, o a un grumo de cal reseca de la pared. Esa es una que reventó, me decía entonces mi abuela Remedios, y sus palabras para mí eran ciencia. No me hacía yo más preguntas, no intentaba comprender la naturaleza, me bastaba con conocerla. En esos años aprendí, por ejemplo, que no debía regar las plantas con el agua de nuestro pozo, porque era agua salmaia; que había que dejar secar la poda antes de quemarla, para que no hiciera ese molesto humo blanco; y que algunas de las plantas que crecían a la orilla del camino escondían raíces de regaliz. 

Las noches de verano de mi niñez estaban llenas de estrellas: la luz de la ciudad quedaba tan lejos y era entonces tan escasa que no estorbaba. Algunas estrellas cruzaban el cielo como chispas y en un abrir y cerrar de ojos se apagaban. No había tiempo de pedir un deseo y tampoco hubiera sabido qué pedir: el deseo a edad tan temprana lo abarca todo. El deseo, cuando eres niño, es el mundo entero. Aprendí que esas apariciones se llamaban estrellas fugaces, y me bastó; era suficiente con esperarlas, permanecer atento, poder decir "he visto una". No importaba qué eran en realidad. Hubo también algunos eclipses, de luna, de sol. Los eclipses solares los veíamos a través de una diapositiva velada - por alguna razón en todas las cajas de diapositivas de mi padre había alguna totalmente velada -. Empezaban y ya estábamos ahí, expectantes, viendo como la amenaza de sombra recortaba la luz, la engullía. Apenas hablábamos, diría que conteníamos la respiración hasta que el sol o la luna volvían a brillar como antes. Cualquier explicación era inútil, aquello era magia, misterio, y era preferible que siguiera siéndolo.

Hoy he visto el exoesqueleto de una chicharra, enganchado en una hierbaluisa. Se lo he enseñado a mi nieta de cuatro años, la he hecho descubrir algo nuevo, un misterio del verano que todavía no le había sido revelado. Le he dicho: es una chicharra que reventó de tanto cantar. Ella la ha cogido con sus dedos de niña y la cáscara se ha deshecho con un leve crujido, polvo diminuto que no ha llegado al suelo. No necesita saber la verdad todavía. Ya llegará el tiempo en que los auténticos misterios de la creación también la fascinen. De momento, agosto llama a la puerta, y juntos miraremos el cielo, pondremos nombre a las estrellas y a los planetas. Se avecina también un eclipse. Tengo que pensar qué le diré.

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