En la radio de un coche aparcado a la entrada se escuchaba a Blondie. Era primavera y en el aula un viejo y aburrido profesor cumplía con el trámite de quién sabe qué, el Ordenamiento de Alcalá, tal vez. Nada que nos importara tanto como para renunciar a otra enseñanza que se abría camino en nuestras vidas, la de que el tiempo no espera a nadie. ¿Cuántas generaciones habrían escuchado desde 1348 que de cualquier manera que un hombre se obliga queda obligado? Lo aprendieron, lo defendieron, se marcharon de este mundo, fueron olvidados. Solo lo escrito en piedra permanece, pero nuestras vidas se borran con un soplo. Era el momento de apreciar la vida, mucho más que las leyes. Lo más simple de la vida. La copa de Magno a las cuatro de la tarde en el bar de Jorge Juan, jugando al mentiroso con dados inciertos. El sol en el rostro y el cigarrillo entre los dedos. Esa canción que llegaba desde el coche con las ventanillas bajadas. Dejarse ir hacia el atardecer, decidiendo si a la siguiente clase iríamos o no. Y entre los árboles, bañado por la luz de poniente, como el castillo de un mago alquimista, se resolvía nuestro próximo destino: la cafetería del Aero-Club, que era la última frontera entre el mundo y la plácida existencia que habíamos elegido. Hacía años que no aterrizaban avionetas en la pista, que la torre de control estaba desierta, pero el café en la barra justificaba detener el reloj y olvidar a Justiniano. La máquina de bolas, con su sinfonía de chasquidos y timbres, con su fanfarria y luces intermitentes, nos encadenaba una hora más. Éramos tan jóvenes entonces, vivíamos un paréntesis breve, una ilusión que no duraría.
Han pasado tantos años, medio siglo casi. Ahora estoy al otro lado del espejo, viendo a quienes no me ven. De camino al aula paso por delante del Aero-Club. La explanada polvorienta hace ya mucho que fue sustituida por baldosas y cuidados jardines, y la geometría se impuso al espíritu. Nada queda de lo que fue. El viejo Aero-Club conserva su nombre pero hoy es un edificio administrativo cuyo uso desconozco y no tengo interés en conocer. Lo miro sin acercarme, parado ante su fachada de otro siglo, blanca y mediterránea, y en la violenta luz del mediodía me siento arrebatado por los años y los pasos perdidos, y las tardes de juventud tiemblan por un instante, como un espejismo, y los contornos del edificio y mi propia vida se desdibujan.
Dedicado a Emilio Jordán, que hoy cumple años.

Gracias Juanjo, por tocar con tanta sensibilidad la cuerda que hace vivir dos veces lo mismo.
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