A finales de 2001, después de haber esperado
pacientemente durante décadas que algo sucediera, resultó que no había señales que
llegaran desde Júpiter y que Dave Bowman no había vuelto. Clarke y Kubrick
sabían algo que no nos habían contado, o simplemente no sabían nada y nos
engañaron. Fue precisamente en aquellos días del nuevo milenio cuando se me
abrió un horizonte desconocido y la senda misteriosa que conduce al dharma
apareció a mis pies. Podría decirse que fue por casualidad, o quizá ese y no
otro era el momento en que debía suceder. Cuando buscas, no encuentras; cuando
no buscas, el camino se presenta ante ti, y puedes verlo, como las estrellas
fugaces, como los espectros, como las puestas de sol o los arcoíris, que no se
quedan a esperarte. Si no te das cuenta, el camino al dharma se borra del mismo
modo en que se fueron con la lluvia los dibujos pintados en el
suelo que miraban los niños de Mary Poppins.
Puse el pie en él y no sucedió nada. Avancé, con lo que me quedaba de la curiosidad que nos posee en la niñez y nos va abandonando luego. Poco a poco, durante semanas y meses, los conceptos se vaciaron, se vinieron abajo los esquemas, las reglas, la moral, las leyes, para dejar paso a verdades sencillas. Todo cuanto conocía se había quedado pequeño: mis amados libros de Séneca, Tomás de Kempis, Baltasar Gracián, Chesterton, Bertrand Russell. Me adentré en textos que hasta entonces no había leído, títulos que desconocía, autores ignorados cuya existencia incluso podía ponerse en discusión, traducciones de otras traducciones a las que buscaba un sentido sin saber si lo encontraría, atraído por la luz misteriosa que recorría las palabras. Había un mundo aparentemente impenetrable en aquellos escritos orientales y milenarios, y me zambullí en la quietud, en el silencio, en el vacío, en la vida. Con el paso de los años volví a ser estudiante, a tener maestros.
En febrero de 2011 Bowman seguía sin regresar y allá arriba tampoco habían sucedido extraños fenómenos en ninguna luna de Júpiter. En mi pequeño mundo sucedió algo que no esperaba: María me pidió que dirigiera la meditación a los nuevos miembros del grupo. Dije que sí, sabiendo a dónde me llevaba esa llamada telefónica. El sábado por la mañana me senté junto a ella, con el tapiz del mandala a nuestra espalda y la mirada penetrante de Padmasambhava observando todo desde una lámina coloreada. Sin haber advertido antes a María, descarté la rutina y pronuncié algunos versos de Franco Battiato que secretamente había escogido para que sirvieran de guía:
un océano de silencio fluye lentamente, sin centro ni principio.
Un par de horas después la abracé en la puerta y nos despedimos. Me miré en sus ojos luminosos, en su sonrisa, y sonreí. Fue mi último día en la sangha. Después no volví, evité a conciencia el riesgo de quedar atrapado en el rito, en la forma, en una religión.

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