bienvenido a la última puerta, más allá solo hay silencio

viernes, 12 de febrero de 2021

¿Hay vida en Marte?

Sexto día. Manos de cera, blancas como las de Nosferatu. No importa: no tengo fiebre, respiro bien. Ayer sentí como si me hubiera caído por la escalera, rebotando de espaldas en cada escalón, dieciséis escalones. En realidad me estaba lavando los dientes, pero me dolió igual, durante horas. Estoy bien, duermo bien, y respiro y no tengo fiebre. Se acerca el séptimo día, la frontera de lo desconocido. Leo para tener la mente puesta lejos de mí, para no interrogarme sobre cada síntoma nuevo del carrusel caótico en el que vivo. Miguel López, el poder de las preguntas. Berlanga, el último austrohúngaro. Rosa está en otra habitación de la casa, hablamos por teléfono, a veces la llamo para leerle un párrafo que me ha gustado. Me dice que ha perdido el gusto, solo distingue el sabor de las aceitunas. Sangre andaluza.

Décimo día. Estamos fuera de peligro, pero no puedo ordenar una estantería sin sentir que me falta el aire. No importa: hemos cruzado la frontera. Dentro de unos días, o unas semanas, o un mes, volveremos a ser como antes, a sentir como sentíamos, a fatigarnos solo cuando queramos. Eso dicen. Nadie sabe nada. No saben cómo protegernos, no saben cómo curarnos, a veces tampoco saben cómo salvarnos de la muerte. No hay garantías, solo estadísticas. Contra esta enfermedad luchas en solitario, a veces también en soledad, esperando el desenlace de la batalla. Imaginas al enemigo explorando todo tu cuerpo: ese dolor de cabeza persistente es él, esos pinchazos en las piernas son él, ese dolor repentino en las yemas de los dedos también, esa náusea inesperada es él explorándote, la temida tos te dice que él está ahí. Imaginas esas partículas diminutas que no aciertas a definir pero que son parte de ti y le están cerrando las puertas, una tras una, y te dices que todo va bien. Pero solo sabes que no va mal.

Nadie sabe nada, y no sirve de nada preguntar a los murciélagos si es verdad que fueron ellos. No contestarán. Hemos fracasado, en su estatura gigantesca el ser humano se hunde en la ciénaga de su ignorancia. En diciembre de 2019 estábamos orgullosos del último avance tecnológico, de la sofisticada arquitectura del último microchip, y un virus de ridícula apariencia, una pelotita con brazos, se burla de nosotros desde entonces y nadie sabe cómo pararlo. Somos capaces de llegar a Marte, pero nunca resolveremos si hay vida allí. Miro por la ventana esta mañana, veo la niebla. Sé que detrás hay vida. Lo anoto en mi cuaderno de certezas. 


sábado, 30 de enero de 2021

¿Habéis bailado alguna vez esta canción?

Gabi murió hace ya tiempo. De los demás, de Bruno, César, Pepe y Pedro, no sé casi nada. De algunos, nada. Teníamos quince años, una edad en la que el horizonte siempre es azul y despejado, aunque solo hasta ciertas horas: por la noche había que volver a casa, aunque la ciudad entera estuviera en fiestas. Quince años, entonces, significaba estar todavía a seis de distancia de la mayoría de edad, pero el curso había acabado y teníamos todo el día libre. No sé cómo ni por qué pero aquella tarde de Hogueras la pasamos en una cochera vacía de alguna calle que no recuerdo en el barrio de El Pla, la persiana a medio bajar, las bombillas a medio encender. Había chicas, aunque no sé sus nombres, creo que nunca las volví a ver. Esas muchachas vestidas de verano eran quienes daban su verdadero sentido a la tarde. Sin su presencia nada hubiera sido igual, no podría haberlo sido. Solo porque ellas estaban con nosotros la oscuridad temblaba, levemente intuíamos posibilidades apenas imaginadas. La tibia atmósfera de aquel encierro voluntario tenía el aroma de la libertad. Oíamos las voces del exterior, algún que otro petardo, los coches que de vez en cuando pasaban por la calle estrecha y poco transitada, y sobre todo nuestra música, la que nos hacía sentir protagonistas de algo todavía por definir. 

La música y el humo del tabaco negro lo envolvían todo y las bebidas que preparábamos como alquimistas tenían nombres, vaca verde o lumumba, que nos evocaban elixires clandestinos. Habíamos llevado un tocadiscos, unos bafles, y un puñado de elepés, los que nos gustaban. Era el verano de "I love to love" y de "Sabato Pomeriggio", de canciones con las que habríamos podido bailar, pero no las teníamos, y en el garaje, mientras estábamos inmersos en un ritual tan trivial como fascinante, sonaban Grand Funk, Lou Reed, y también Billy Cobham, su disco "Spectrum": a todos nos gustaba mucho "Red Baron". Con las primeras notas de "Europa", de Santana, alguien tomó por la cintura a una de las chicas. Era la señal, pero no podía durar mucho, la canción se iba por otros derroteros en menos de tres minutos. Bailar pegados no era así, y Sergio Dalma ni siquiera existía. Creo que fue Gabi quien tuvo la intuición: había una canción en uno de aquellos discos, lenta en su cadencia, oscura en su caricia, perversa en su delicioso dejarse ir. Una canción que no debía haber estado en ese disco, pero acabó en él porque la censura del régimen eliminó otra, "Heroin". Era lo que necesitábamos. Esa tarde sonó varias veces y con cada una de ellas se formaron parejas que se deshicieron al terminar, conexiones furtivas y efímeras de su melodía cómplice. Lou y sus amigos paseaban por el lado salvaje mientras nosotros entrábamos por la gloriosa puerta de la adolescencia.

Unas horas después bajamos hasta la playa. Hoy vislumbro desde otro siglo el rostro de la chica cuyo nombre borró el tiempo, su camiseta a rayas azules y blancas, su cabello ondeando en la noche, rescato la fragancia de su colonia. Por la megafonía de los autos de choque de El Cocó se oía, entonces sí, a Tina Charles. 

martes, 12 de enero de 2021

Yo que creí que la luz era mía

 


... y yo que quería hablar de la luz y no de la sombra. El paso de un año infausto a otro incierto ha dejado a dos personas amigas a merced de lo desconocido. El virus. El cáncer. Demasiada oscuridad para empezar enero. En nuestra casa hay dos luces encendidas, por él, por ella. Hasta que vuelvan con sus familias, hasta que volvamos a encontrarnos. Porque ya lo escribió el poeta que creía que la luz era suya: siempre hay un rayo de sol que deja la sombra vencida.

lunes, 28 de diciembre de 2020

A propósito de Henry Purcell


Mi infancia tiene el sonido de la música clásica. Mi padre me educó de un modo suave en el disfrute de su colección de discos, que crecía lentamente y sin término. Pronto elegí mis favoritos: Tchaikovsky, Rimsky-Korsakoff, Borodin, Smetana, Dvorak, Stravinsky, Gershwin. Algo tuvo que ver la factoría Disney en esas elecciones, sobre todo la película "Fantasía". A Beethoven no lo he incluido en la lista, porque a Beethoven no se le elige, está ahí. Después vino la adolescencia y el espacio de la música clásica fue barrido en mi habitación por otros sonidos. No veía el momento de escuchar los discos de mi padre, porque los Beatles y T. Rex y Suzi Quatro y Joe Cocker y Bob Dylan y tantos otros pedían paso. Ya fue imparable, los malditos años setenta y su deslumbrante aluvión de ritmos que conectaban con mi cerebro moldeable como plastilina me apartaron del barroco y del romanticismo y de cualquier cosa que tuviera siglos de antigüedad. ¿Sinfónico? Ahí estaban Yes, Pink Floyd, Genesis. Adiós Ludwig Van, fue bueno conocerlo, pero un mundo nuevo estaba desbordando mis horas y mis días. 

Hace diecinueve años murió mi padre, y supongo que por el impulso de retenerle, de no dejarle ir del todo, intenté volver a esa música de mi infancia. Fue imposible. Solo me traía tristeza y una invencible melancolía. Sus discos se quedaron en casa de mi madre hasta hace una semana. Ella ya no los escuchaba, ni siquiera conserva el tocadiscos. Ahora están conmigo y mientras les buscaba sitio descubrí una caja sin desprecintar todavía, música coral de Henry Purcell. Imagino que mi padre, que se fue un 14 de diciembre, se la había comprado para regalársela a sí mismo esas navidades a las que no llegó. Diecinueve años después he abierto por él la caja y he puesto el primero de los tres vinilos. Lou Reed había sonado justo antes. Escuchando el "Magnificat" de Purcell sin que se haya borrado todavía el eco del "New York" de Lou, creo que por fin ha llegado el momento de que todas las músicas de mi vida encuentren su hueco en casa.

sábado, 19 de diciembre de 2020

Y nosotros nos iremos...


Otro año más, la navidad. Conscientemente escribo la palabra con minúsculas, de la misma manera que escribiría “invierno”. La navidad es eso para mí, una breve estación del año, en la que el clima se mide por el calor o el frío del corazón. Recuerdo navidades tempranas y cálidas en las que he puesto el árbol el día de San Nicolás, 6 de diciembre, y otras tardías y heladas en que a regañadientes lo he hecho la misma mañana del 24, fun fun fun. Estas dos semanas son un termómetro de mí mismo y de mi relación con el mundo. Y el tiempo corre.

Me veo con siete años en casa de mi bisabuela, escuchando por primera vez ese villancico: “la nochebuena se viene / la nochebuena se va / y nosotros nos iremos / y no volveremos más”. La bisabuela Ana había nacido en otro siglo, el diecinueve, y para ella la hoja roja de Delibes no tardaría en aparecer. Está escrito en el Heike Monogatari que en el tañido de la campana del monasterio de Gion resuena la fugacidad de todas las cosas. En aquella lejana tarde de 1968 tal vez escuché yo ese sonido. Campana sobre campana, dice otro villancico. Puede ser. Cada navidad es una arruga más en mi piel, un círculo nuevo en el tronco de un árbol, alguien que ya no está, alguien que antes no estaba. 

Desde hace algunos años la navidad es también escuchar la voz ronca de Dylan cantando “Adeste fideles”, y saber que esa romántica fantasía de los pastorcillos y el pesebre es un episodio en el que no hay ningún dios, que los reyes magos somos nosotros en un viejo sueño y papá noel un señor disfrazado que suspira por un trago al terminar la jornada. Lo único cierto es que la navidad se irá y volverá, y que nosotros nos iremos un día para no volver. 

A veces estoy tan cansado de este ciclo cuyo final desconozco que retraso su inicio, y no compro el tiesto de flores de pascua ni saco a los duendecillos de su caja, y los días pasan. Pero una tarde cualquiera pienso en lo luminoso que será el primer amanecer de enero y entonces todo empieza de nuevo, como el año anterior y el otro y el otro, y el árbol se llena de esferas blancas y rojas. La navidad es también eso, un estado de ánimo, todos los estados de ánimo.


domingo, 1 de noviembre de 2020

Qué solos se quedan los muertos

No sé si he dicho alguna vez que John Wayne es mi actor favorito, pero lo es. En "She wore a yellow ribbon" (aquí titulada, qué horror, "La legión invencible") el capitán Brittles, que es su personaje, tiene la costumbre de ir al pequeño cementerio del fuerte para conversar con su difunta esposa y regar las flores de su tumba. Yo también tenía el hábito de, en tiempos de zozobra, charlar con mi padre, al menos mientras existió el pomelo a cuyo pie estaba enterrado. Necesitamos sucumbir a ese impulso romántico para no hablar con ellos en cualquier lugar, ya sea la cocina de casa, el ascensor del trabajo o la parada del autobús. Nos mirarían con desconfianza si lo hiciéramos, y es posible que alguien avisara a la policía.

Hoy es el día en que los cementerios rebosan de flores. "Voy a visitar a la familia", decía mi suegra de entonces. Ahora nadie la visita a ella, sus cenizas volaron por la sierra de Enguera. Nunca he entendido este ritual del primer día de noviembre. Los budistas tibetanos, con los que compartí andadura durante dos años hace ahora una década, llaman al cuerpo "lo demás", en contraposición al espíritu. En nuestra cultura también: le llamamos "los restos" pero solo cuando morimos, los restos mortales. Y no deja de ser una paradoja pensar que los seres queridos están allí donde un día los sepultaron y no en el Cielo en el que creen muchos de los que cumplen con el rito anual.  

Por mi parte si alguien quiere recordarme cuando me haya ido, incluso hablarme sin esperar respuesta, que me busque en los atardeceres o en las noches estrelladas. Que mis cenizas se dispersen en la Aitana, en el antiguo campamento más allá de la Font del Molí. Ya que puedo elegir, en esa tierra fui feliz en los veranos de mi infancia, y lo sigo siendo siempre que vuelvo. No estaré allí, porque los muertos no están en ningún lugar, pero si subís a visitarme os aseguro que disfrutaréis del paisaje.

domingo, 4 de octubre de 2020

El vendedor de enciclopedias

Era un hombre bueno, en el sentido machadiano. Cuando yo era niño él vendía enciclopedias. Entonces no lo conocí, pero es posible que mi padre sí, porque en casa teníamos una de las que él vendía. Dicen que nunca se enfadó con nadie y aunque eso resulta difícil de creer estoy convencido de que es verdad. Le conocí hace solo cinco años, y unos meses después tomé café con él y le dije que su hija y yo nos íbamos a vivir juntos. "No te voy a explicar lo que es la convivencia, eso ya lo sabes, pero te voy a dar un consejo: comunicación", dijo y terminamos el café. Hoy se ha ido, no sé a dónde. Borges citaba a Malherbe: he vivido como todos, quiero morir como todos, quiero ir donde van todos. Pepe no era escéptico, era cordobés, que es otra corriente de pensamiento. Creo que él creía en el Paraíso, y eso es una ventaja. Se ha marchado pronto, de madrugada, para no llegar tarde a misa. Supongo que estará en algún lugar soleado, paseando sin mascarilla, y que allí el Madrid gana siempre, aunque juegue mal. No me importará acompañarte un día, Pepe, si hubiera gamba roja. 

domingo, 20 de septiembre de 2020

No cojas las acerollas

 


En las misas dominicales de las parroquias, por alguna extraña razón, el Padre Nuestro se cantaba con música de Simon & Garfunkel. Los jesuitas no eran gentes de parroquias y en aquellos finales de los años 70, ni siquiera eran gentes de misa. Andaba la teología de la liberación enredada en los sagrarios y los chavales de bachillerato partíamos el pan con los curas, que siempre era mejor que recibir unas hostias. En esas eucaristías sabatinas (siempre eran en sábado) cantábamos "No cojas las acerollas", porque los curas de mi colegio casi todos eran de Aragón y les gustaba mucho Labordeta. Además eso de "entre todos hay que levantar" recordaba mucho a lo de "a desalambrar" de Víctor Jara, que también lo cantábamos los sábados, aunque no creo que el Obispo de Alicante estuviera informado.

Nunca supe qué demonios eran las acerollas ni por qué había que dejarlas para el verano. Pero si a los curas les gustaba tanto esa canción, algún sentido debía tener. Nosotros nos fiábamos de su criterio y con ellos aprendimos que se podía ser cristiano y del PCE de Santiago Carrillo, cosa que hasta entonces no parecía posible, y que era mucho más coherente votar al PSP del viejo Profesor Tierno Galván que al PSOE tan de moda entre los niños pijos de Alicante, como nos dijo a media voz el padre espiritual de primer curso. Los policías, en las calles, iban de gris, y el manto de la Inmaculada era azul celeste, como siempre. 

Todo eso ya pasó, y como había que levantar, levantamos, aunque desalambrar no tanto. Algunos pegaban carteles y otros los despegábamos como un preciado tesoro de coleccionista. Los de la Liga estaban muy bien, muy rojos. Hicimos la Transición también nosotros, aunque ni siquiera éramos mayores de edad. Con el tiempo Labordeta empezó a salir en los televisores hinchándose a pan, vino y salchichón de pueblo. Después llegó al Congreso y daba gusto verlo. Ahora me doy cuenta de que hace diez años ya que se murió y que sigo sin coger las acerollas, dejándolas para el verano. Si él lo decía...

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Luz de luna en sus ojos



With your silhouette when the sunlight dims
Into your eyes where the moonlight swims

Buda tenía esa mirada lejana que te hacía pensar que estaba viendo cosas que tú no veías. Su alma habitaba en un territorio desconocido, su mundo decididamente no era el mismo que el tuyo, pisaba un suelo que tú no alcanzabas a definir, un sendero en el que sus huellas nunca se borraban. Acompañó a su ama en sus valles y en sus cimas, en sus momentos difíciles y en los más luminosos. En todo este tiempo, más de doce años, nunca llegué a comprenderla del todo. Me fui de aquella casa un día, y ella se quedó, con su misterio indescifrable, al otro lado de la calle. 

Este último mes de junio su ama quedó aislada por la enfermedad y ella volvió conmigo. Nada había cambiado, su mirada impenetrable te hacía dudar de tus razones estériles, de por qué nuestras pequeñas miserias humanas eran lo real y su horizonte incógnito sin embargo no era tangible, por qué habíamos sido arrojados a esta existencia turbulenta y apasionada, por qué no éramos como ella, por qué seguíamos anclados a ambiciones y sinsabores artificiales. A veces Buda volvía hacia ti sus ojos y parecía compadecerte. Hoy se ha ido para siempre, a las once y media de la mañana, y yo, no sé por qué, he tenido el impulso de escuchar "Sad-Eyed Lady of the Lowlands".

domingo, 26 de abril de 2020

Imagina un mundo sin miedo

A veces en este confinamiento encuentro trozos del pasado reciente, y los acaricio como algo lejano, hallazgos arqueológicos. El ticket del supermercado del día 9 de marzo, viandas para una cena en casa con amigos que no llegó a celebrarse. El del día 12, nuestra compra semanal, que es decir también la última vez que estuvimos juntos en las calles. 

Yendo algo más atrás encuentro un corte de video, un concierto tras el que ya no hubo otro, un encuentro misterioso con Ken Stringfellow. Esa noche estábamos cenando en el Bar Guillermo y él también, en la mesa de al lado. Los bares, ay, los bares. Fue el lunes 10 de febrero y (tengo que pensarlo para estar seguro) vivíamos felices y despreocupados. Wuhan era solo un sitio remoto del que nunca antes habíamos oído hablar y "virus" una palabra que combatíamos cada año con un paracetamol o un chato de vino.

Escucho las palabras premonitorias de Stringfellow aquella noche y me estremezco. Probablemente lo peor que nos puede suceder es el miedo global, dijo, ¿qué pasaría si el planeta entero tuviera miedo? Entonces no lo imaginábamos. Solo han pasado dos meses y ya lo sabemos.

Ken Stringfellow, Alicante, 10 febrero, 2020.
Si no puedes ver el video pincha el enlace https://youtu.be/Nj1GcLJu0j0



miércoles, 8 de abril de 2020

"Héroes"



La cajera del supermercado dio preferencia en la cola al muchacho vestido con un traje naranja, una deferencia con un héroe. Ella, la cajera, también lo es. Una mujer protestó, venía de una intensa mañana en la UCI, dijo. Esa mujer también es una heroína. La farmacéutica del barrio no dijo nada y esperó su turno. No está segura de ser una heroína, aunque todas las tardes su jefe la hace salir a las ocho a recibir el aplauso de los balcones. Ayer en un informativo sumaron a los basureros a la lista de héroes.

En la Mitología de Humbert, que mi abuelo Ismael compró en la Librería Pueyo de la calle Arenal en 1928, la categoría de héroe se reservaba para personajes como Hércules. Hoy no es necesario llevar a cabo proezas míticas. Ni siquiera acciones de excepcional valentía. Basta con cumplir con tu trabajo, exponerte al riesgo de esta pandemia sin saber qué naipe te ha reservado el azar: la inmunidad, la enfermedad o la muerte. Las motivaciones no cuentan, hay que hacerlo, sea por vocación, sea porque la alternativa es el desempleo.

Otros estamos confinados en nuestras casas y desde hace semanas la vida sigue igual, aunque menos igual que antes. Gracias a esas gentes sobrevivimos, podemos hacer la compra, retirar nuestras medicinas, tener la esperanza de que si la fiebre hace presa en nosotros alguien nos atenderá. Ellos nos hacen la vida soportable en el encierro porque son nuestros semejantes. No son héroes. Esta sociedad, que ha sustituido los personajes habituales del cine por superhéroes de ficción, necesita héroes para poder imaginar que la vida es una película.

David Bowie entrecomilló el título de su canción más conocida, aunque muchos no se hayan dado cuenta. Ese mismo año The Stranglers asaltaron las listas con su sencillo "No More Heroes". Si no nos damos cuenta de que el valor de las personas está encerrado en ellas mismas y no en palabras desgastadas inútilmente, tal vez sobrevivamos al virus pero no a nuestra propia inmadurez.


miércoles, 25 de marzo de 2020

Regreso al Vals de Frías

En este tiempo extraño en el que lo colectivo se impone a lo individual, en el que el mañana es solo una palabra, en el que necesitas creer en algo, en el que no todos los tuyos están a la distancia de un beso o un abrazo, me he despertado de regreso en Frías, he viajado a aquel primer fin de semana de julio. El Vals de Frías ha trascendido de lo que fue en los corazones de los que lo vivimos. El Vals es ya una metáfora de lo que queremos, de lo que soñamos. Y además,como siempre, queda la música.


Si no puedes ver el video pincha en  el enlace https://www.youtube.com/watch?v=yeTraH0jwpg

VIDEOS COMPLETOS EN https://www.youtube.com/playlist?list=PLeRE1LOi4PRqySl8-lefRNU9hS7wINVdo

lunes, 23 de marzo de 2020

El día más largo

El 18 de junio de 2017 fue, creía yo, el día más largo de mi vida. Empezó en Reykjavík y terminó en Seydisfjordur y no parecía tener fin. Creo que ese día nunca terminó, sigue conmigo, con nosotros. Pero ya no es el más largo. Otro día interminable le ha sustituido, y creo que nunca se irá. Seguirá conmigo, con nosotros, en la memoria eterna de quienes amanezcamos al día siguiente. La diferencia es que nosotros es una palabra que ahora significa millones.


El recorrido, y con él este día eterno, toca a su fin. Las calles están desiertas, somos dos sombras que se deslizan perezosamente en la corriente del tiempo, una blanca y otra negra, el color de nuestras chaquetas. Desde las ventanas de nuestra habitación en el Hotel Snaefell la luz del día tinta la medianoche. A lo lejos el agua salta por paredes verticales desde las cumbres.
(Diarios de Viaje. Juan J. Vicedo)





miércoles, 13 de noviembre de 2019

Gracias, Mr. Allen


Desde que vi Annie Hall en el antiguo cine Monumental -en un tiempo en el que él y yo y Diane Keaton éramos insolentemente jóvenes, yo bastante más (joven) que ellos- he sido más o menos fiel a Woody Allen, a su manera de hacer cine y de contar historias, esas que son siempre la misma desde hace cincuenta años aunque las vista con distintos personajes, escenarios variables, tramas diferentes. A estas alturas de mi vida la fidelidad es ya algo más, es devoción.

El miércoles volví a encontrarle en la oscuridad de una sala, prácticamente vacía. Esa noche me dormí con una extraña sensación de privilegio, el de coincidir en el tiempo con un artista único en su estilo (nadie antes, nadie después), prolífico hasta el punto de ofrecernos cada año una de sus obras. Woody Allen, como Bob Dylan, siempre ha estado ahí, mientras cambiaban los gobiernos y las modas, mientras nos casábamos, nos divorciábamos, mientras las tecnologías nos llevaban al presente. Otros desaparecían, se los llevaba la muerte, la sequía o el fin del mundo. Él no. Sigue ahí. No hace mucho dijo que no le importaba la posteridad, quizá consciente de que sus películas no van a perdurar más de lo que tarde en borrarse la generación que las sustentó, la nuestra. Siempre fue sabio, y tratar con sabios te hace menos tonto, esa ha sido nuestra suerte.

Viendo "Un día lluvioso en Nueva York" vuelve el genio insobornable del viejo Woody. Vuelve para hablarnos del vértigo del creador ante su obra (magnífico Liev Schreiber en esa montaña rusa de la duda), para desmontar la hipocresía moral y el pensamiento único (turbadora en su desenfado la escena en que la protagonista analiza las intenciones sexuales del personaje encarnado por Diego Luna), para hacer brillar a quien se pone en sus manos (incluso en el caso improbable de Selena Gomez), para escapar a las convenciones que nadie se atrevería a quebrantar (en la escena del piano con Timothée Chalamet y Selena Gomez es él y no ella quien canta).

"Un día lluvioso en Nueva York" ha estado a punto de ser la película que nunca veríamos. Incluso dos de sus jóvenes actores renegaron de su participación, ebrios de moralina. Pero ese último beso que se dieron en Central Park es ya parte del testamento del hombre tras la cámara, el que con su mirada octogenaria no se resistió a dejar de decirnos con ese final que la vida es la vida y el cine es otra cosa que se parece a la vida.


viernes, 12 de julio de 2019

Oh Yesterday came suddenly

Hacía año y medio que los Beatles habían anunciado el fin cuando los Reyes Magos me trajeron mi primer LP, el álbum rojo. ¡Qué emoción! dos docenas de canciones en un par de vinilos tan grandes que desbordaban la superficie de mi maletín tocadiscos, que hasta ese día solo había conocido singles. Todavía no había cumplido yo once años pero esa preciada posesión me acercaba al mundo de los adultos, algo que parecía corroborarse por el hecho de que pronto mi padre me dio permiso para escucharlo en su equipo. 

Hace unos días, en un cine casi vacío en el que solo siete personas habíamos pagado por ver la decepcionante película del otrora fiable Danny Boyle, escuché "Yesterday" como si fuera también para mi la primera vez, aquella en el piso familiar de las Carolinas Bajas hace cuarenta y ocho años. No la cantaba Mc Cartney pero no importaba, sentí de nuevo el mismo estremecimiento, una debilidad romántica, un irresistible abandono en el puro centro de la belleza. Solo por eso valió la pena.

Hora y media después, al encenderse las luces de la sala, quedó un poso de reflexiones y sentimientos. Sí, las canciones de los de Liverpool son quizá la colección más sublime del cancionero pop. Pero más de medio siglo después esas canciones están ahí por lo que supusieron para millones de personas. Si hubieran sido escritas hoy, muy posiblemente habrían tenido que costear sus discos ellos mismos. Lennon, McCartney y Harrison derrochaban talento como pocos pero eso no es bastante. Llegaron en un momento en el que se les necesitaba. Y fueron algo más que música, alzaron más alto y visible que nadie la bandera de la transformación de las costumbres. Hoy vivimos en un mundo distinto, gracias en parte a ellos. Un mundo en el que pasarían desapercibidos. 

domingo, 7 de julio de 2019

Adiós, vieja amiga

Ayer me despedí de ella. Durante siete años y medio compartimos techo, lumbre, rutinas. Todas las mañanas, a las ocho, la despertaba. Después, durante los cuatro años siguientes no dejamos de compartir paseos, juegos, confidencias. Había pasado dos noches angustiosas, no podía respirar y no era por la calima y la densa humedad nocturna de esta semana. Tenía metástasis pulmonar. Ayer, como tantos días, crucé la calle hasta mi antigua casa, desayunamos juntos, jugamos un rato: la engañosa brisa de la mañana hacía que pareciera un día normal. Pero no lo era. A las diez y media una inyección la durmió lentamente, en pocos minutos cesó el latido. No habíamos cedido a la tentación comprensible de pensar que esos juegos de una hora antes obligaban a prolongar las horas de sufrimiento que se avecinaban. Era mejor así, dolorosamente mejor.

Afortunadamente Hipócrates no era veterinario, y no existe un juramento que justifique lo injustificable. Afortunadamente Dios está hecho a imagen y semejanza nuestra, y no existe una doctrina que dictamine sobre el momento de la vida y de la muerte si no es la de un miembro de nuestra especie. Brahma no lo era. Era solo una perra. Afortunadamente. Pero si realmente Dios existe, preferiría que hubiera sido creado a imagen y semejanza de los perros. Me daría mucha tranquilidad saberlo.


domingo, 23 de junio de 2019

Cuando todo es nuevo

Nunca me interesó el grunge. Tengo el "Nevermind" de Nirvana, porque había que tenerlo, pero apenas lo escucho. Como de Pearl Jam no había que tener ninguno, no tengo. No conozco ninguna de sus canciones. Pero un día, años atrás, vi a Eddie Vedder cantar con los ojos cerrados "Masters of War" en el homenaje al Maestro. Me sobrecogió. Cualquiera habría indagado en Pearl Jam a partir de ese momento revelador. Yo no. Algo me decía que no podía arriesgarme a romper la magia de ese encuentro fortuito. Anoche, durante dos horas y media, Eddie Vedder me estremeció en Madrid. Y todas las canciones sonaban en mis oídos por primera vez: esa sensación inigualable de descubrir un mundo nuevo de canciones, como cuando siendo adolescente ponía en el plato un disco que hasta entonces nunca había escuchado.
Fotografía de Javier Naranjo.
Madrid, 22 junio, 2019

miércoles, 13 de marzo de 2019

Todo lo que voy dejando atrás

Cumplir años es una cosa seria. Significa dejar cosas atrás. La vida es un incesante dejar atrás, un incesante abrir una nueva página. Bienvenido sea cada año más, cada día más.

ASH. All that I have left. Visorfest 2018. Benidorm.

Si no puedes ver el video pincha el enlace https://www.youtube.com/watch?v=zVe78RNtytY&feature=youtu.be

sábado, 2 de marzo de 2019

Fogonazos de impermanencia

Alguna vez aquí hubo risas, suspiros, llantos, esperanzas, soles de domingo y pucheros al fuego.


miércoles, 13 de febrero de 2019

¿Quién salvó a Wilko Johnson?

Si no puedes ver el video pincha el enlace
 https://www.youtube.com/watch?v=CwLh02rSUn0&feature=youtu.be

A veces tengo un mal día. Sí, no importa cuánto relativices los pesares y las dificultades, cuánto hayas asumido que el contento interior te puede hacer invulnerable: a veces tienes un mal día. Cuando eso sucede saco un disco de su funda (suele ser "Hard Rain") y me digo: Dylan siempre me salva. Esto no tiene mucho sentido, sabiendo como sabemos que el de Minnesota piensa en él y no en nosotros cuando escribe sus canciones. Pero me consta que en las turbulencias no soy el único que se aferra a ellas. 

O no solo a esas. Tengo dos libros sobre mi mesa estos días. Uno tiene un título tan dramático como entrañable ("No olvides las canciones que te salvaron la vida"); y  el otro ("1.050 discos cardinales") lo firma alguien que afirma que la música - comprarla y escucharla - le salvó la vida. ¿Es realmente salvífica la música? ¿O somos nosotros, los que nos zambullimos en ella, los que con ese acto ritual nos salvamos a nosotros mismos?

En esas cuestiones andaba yo, cuando cogí un tren a Madrid para ir a ver a Wilko Johnson. La historia es conocida: hace seis años los médicos lo desahuciaron, y él se fue de gira, la que iba a ser la última. Le habían dado diez meses de vida y cuando terminaron los conciertos ya habían pasado once, así que pensó que todavía podía grabar un disco de despedida. Lo hizo y solo después entró en el hospital. ¿Le salvaron los cirujanos en esa descomunal intervención que se alargó once horas? ¿Se había salvado ya previamente él al preferir la música a la quimioterapia? ¿Le salvó la música, la energía misteriosa que emanaba de esas canciones?

miércoles, 9 de enero de 2019

Inmortal

Space Oddity, The Flaming Lips, VisorFest 2018, Benidorm
(Imagen de Juan J. Vicedo, pincha sobre ella para ampliarla)


El Mayor Tom perdió el contacto, perdió el control. Aislado en su burbuja parecía inalcanzable, camino de las estrellas. Pero en realidad está ahí, casi puedes tocar su mano. Nunca se fue. El Mayor Tom es inmortal. David Bowie es inmortal. The Flaming Lips son una de tantas puertas, uno de tantos caminos en los que él se nos aparece.

viernes, 23 de noviembre de 2018

Bajo el signo de Sagitario


Mi padre nació un 23 de noviembre y falleció, setenta años después, un 14 de diciembre; dos fechas, el alfa y el omega, gobernadas por el signo de Sagitario. Recuerdo el viaje por la carretera vacía la noche antes, oyendo a Charlie Parker, los pasillos oscuros y desiertos del hospital, aquel cuartucho deprimente donde nos dieron la noticia. El General de Alicante, donde murió, se levanta sobre terrenos que fueron del bisabuelo Eliseo y allí estaba el huerto en el que mi padre pasó su infancia. El círculo de su vida se cerró, pues, en el mismo lugar en el que había empezado, quizá un día igual de luminoso que aquel viernes en que, creo saber, volvió a casa.

Poco antes de que perdiera la conciencia le susurré al oído: Vas a un lugar maravilloso. Realmente yo no sabía a dónde iba, y sigo sin saberlo. En cuanto a sus cenizas, las saqué de la urna y las enterré con mis propias manos al pie de un pomelo, y las lluvias y los riegos se las debieron llevar hace muchos años. Tampoco el árbol existe ya. Pero algo de mi padre perdura en mí y de algún modo lo hará también en mi hija, y eso es más que suficiente. Y uno tras otro volveremos al mar del que vinimos.

miércoles, 20 de junio de 2018

Hogueras


En plena efervescencia adolescente escribí un poema una noche de Hogueras, en algún papel, en algún lugar. Se perdió como tantos otros pero recuerdo un verso -sólo ése- en el que, nadie me pregunte por qué (eso precisamente es la poesía) veía la ciudad en fiestas como una inmensa vaca coloreada. 

Hace ya mucho, casi desde que dejé ese estado exultante que es la adolescencia, la fiesta de Hogueras me produce más fastidio que otra cosa con su ocupación ilimitada de las calles que no resistiría la prueba del algodón del imperativo categórico kantiano. Pero sin embargo algo queda, tal vez esa imagen falseada por la nostalgia de esos mitificados años setenta en que fuimos jóvenes contra todo y a favor de todo y creímos que formábamos parte de un cambio, el cambio.

Por eso cuando llega la plantà huyo lo más lejos que puedo, pero en la huida miro atrás siempre, y antes de convertirme en sal marina y algas veo noches estrelladas, oigo a Cotó-en-Pel y a Costa Blanca en el Barrio, fumo y bebo y corro la traca con Antonio Soria y Fernando Arenas, veo a su hermano Javier con la badana al cuello, saludándonos justo antes del fogonazo de la palmera. Todos tenemos veinte años todavía y, por un momento, veo la vaca coloreada.

viernes, 2 de febrero de 2018

Poemas de invierno

Últimamente no escribo versos. (Últimamente es un adverbio que te permite modelar el tiempo a tu antojo, abarca años, meses o días, está ahí a mano para que puedas engañarte cuanto creas necesario). Últimamente, decía, no escribo versos. 
Pero si los escribiera hay momentos que solo admiten poemas de invierno.


sábado, 6 de enero de 2018

Día de Reyes

No es posible recordar la infancia sin revivir el Día de Reyes. Desde que empecé a ir al colegio, y ante la refinada crueldad que llevaba consigo hacer llegar a un niño los juguetes justo el día antes de terminar las vacaciones, mis padres adoptaron la sabia decisión de trasladar el acontecimiento al día de Navidad. Pero eso sí, seguían siendo los Reyes Magos: la tradición española revestida del mínimo pero necesario cambio. De modo que la Nochebuena fue, a partir de ese momento, una noche más feliz si cabe. La cena, en casa de mis abuelos paternos – o sea, en el piso de abajo – terminaba a una hora temprana, y mi hermano y yo nos dormíamos pensando ya en despertarnos y correr al salón. No pocas veces creíamos oír el paso de los camellos por la calle, y cualquier pequeño ruido en la casa nos hacía sospechar que quizá los reyes o los pajes estaban ya cumpliendo con su cometido. A la mañana siguiente, el salón estaba lleno de paquetes y, todavía en pijama, buscábamos cada uno los nuestros. Nunca nos dimos cuenta de que la esmerada caligrafía de las etiquetas era muy parecida a la letra de nuestro padre.      

Andaba yo por los seis o siete años, cuando escribí una carta a los Reyes que abarcaba una lista demasiado larga de peticiones, y mi padre me explicó lo inevitable: que esos juguetes los tenía que comprar él. No sufrí, que yo recuerde, trauma alguno, y me parece que más que una desilusión fue un simple recorte en las expectativas de ese año. Como mi hermano no estaba en edad de saberlo, seguimos jugando el juego, e incluso cuando él también fue llamado a la realidad nos divertía proceder según el mismo ritual de los años precedentes. Mi padre añadía algún toque de humor, como firmar las notas con los nombres “Melchor, Gaspar y Papasar”.

Tíovivo de la Plaza Séneca, Alicante, 2018

jueves, 30 de noviembre de 2017

De abogados y estanqueros

A veces alguien me pregunta cómo puede haber abogados que defiendan a violadores, asesinos, etcétera. En esos casos intento explicar todo aquello que a su vez me explicaron acerca de la presunción de inocencia (aunque todos los indicios lleven a la culpabilidad), el derecho a ser defendido en un juicio justo, etcétera otra vez. Últimamente, si quien me lo pregunta es fumador, le explico que esos abogados penalistas tienen tanto derecho a existir como los estanqueros que venden cigarrillos a pesar de que son conscientes de todas esas horribles advertencias que se insertan en la cajetilla: que el tabaco produce cáncer, muertes por enfermedades coronarias, etcétera por tercera vez.

A veces sin embargo imagino un karma y un infierno en el que todos ellos, abogados penalistas y estanqueros, se reunirán, y allí los letrados ofrecerán sus servicios a los estanqueros para intentar conseguirles una reducción de condena, servicios que los estanqueros querrán pagar con cigarrillos pero los abogados rehusarán, en parte por un tenebroso código ético y en parte porque están habituados al cobro en efectivo. En otra variante de ese infierno serán los abogados los que imploren ser pagados con cigarrillos pero a los estanqueros les habrá sido confiscada la mercancía por implacables guardianes.


sábado, 19 de agosto de 2017

Sol de medianoche en Ytra - Lón

A esas horas todos los barcos duermen en el puerto de Thórhöfn. Pero el sol no se pondrá. Lo veremos en su lento descenso hasta la línea horizontal en los pastos de Ytra - Lón, la granja donde nos alojamos, y el frío se apoderará de nosotros. Estamos muy cerca del paralelo 66, tan cerca que los contornos difusos del disco solar hacen que no llegue a ocultarse en este día que precede al solsticio. En ese momento mágico la luz baña los campos con un fogonazo rojizo y las siluetas de los caballos emergen como figuras de un sueño que no hemos terminado de soñar. Una pareja de gansos ha levantado el vuelo. La hierba brilla. Las paredes blancas de la granja deslumbran al mirarlas. Son las doce, el cambio de guardia, suena Dylan en mi mente. Nada queda por decir, nada por sentir, nada por hacer, la circunferencia del tiempo lleva nuestros pasos hasta la habitación número 8, la más cercana al río.

(Diarios de viaje. Juan J. Vicedo)

Ytra - Lón, Islandia. 19 junio, 2017

Si no puedes ver las fotos pincha el enlace https://www.youtube.com/watch?v=tlxDBlcEHBg&feature=youtu.be

sábado, 22 de abril de 2017

Piedrasantas









Corría el año 1917 y Manolete, el molinero, volvió con bien del servicio militar en Marruecos. No era cosa de broma, que allí, en el África española, las balas silbaban sobre las gorras de los soldados, y su prometida, Clarilla, cumplió con la promesa de dedicar una misa a la Virgen de Piedrasantas. Aquel día Manolete y los mozos de su quinta sacaron de la ermita a la Virgen y la llevaron en procesión por el camino que lleva al Cercado de Cristo, y desde entonces y hasta hoy "la función de los soldados" se ha seguido celebrando en Pedroche, mezcla de devoción religiosa, tradición sentida y rito de iniciación para los jóvenes del pueblo, incluso en estos tiempos en que las "quintas" son solo una palabra vacía de contenido y la milicia algo que ya no toca a la puerta de cada familia pidiendo a sus hijos.

El Lunes de Pascua de este año se ha cumplido el centenario de esta tradición que, emparentada con los ejércitos, no celebra una victoria ni una derrota sino el hecho puro y simple de estar vivos. Es primavera y el sol ilumina los encinares del norte de Córdoba, de estas antiguas tierras de realengo que se libraron del moro hace tantos siglos que nada aquí les recuerda, donde las campanas doblan todavía a sus horas y el cerdo ibérico campa a sus anchas en las dehesas. Los campos están rojos de amapolas y al pie de los chaparros se prodigan las esparragueras







miércoles, 1 de marzo de 2017

La música de las esferas

Yo tenía 26 años y él 31 cuando en el Bar Bahía, de la Albufereta, me enseñó a descubrir en las tangentes y en las secantes la magia sutil que divide los átomos de la tarde sobre un tapete verde, el movimiento predecible de los sucesos de los próximos seis segundos, la compatible armonía del momento explosivo y la lentitud de los objetos que se desplazan danzando, girando, deteniéndose. Javier me enseñó la proximidad trivial del universo de Pitágoras un sábado a las ocho, me hizo escuchar en una mesa de billar la música de las esferas. 

In memoriam Javier Amigo
 (Granada, 06.11.1955 - Alicante, 28.02.2017)


miércoles, 28 de diciembre de 2016

Otra Navidad

Puedes estar rodeado de gente y sentirte solo. Puedes estar solo y sentirte parte de todo.

 Hay una Navidad para los solitarios, y se parece a una bolsa de plástico de colores en la que hay vacío y hay ruido, a un millón de luces en una calle perdida, donde nadie conoce el nombre de las cosas y nadie escucha los pasos en la acera.

 El torbellino de diciembre arrastra los días, destellando y zarandeándose y desapareciendo a lo lejos, mientras en cada esquina alguien canta un villancico, palabras misteriosas que nunca conseguiste entender.
 Y no es cierto que nieve en esta ciudad portuaria.

 Así que si tus labios están helados pero notas blando tu corazón, ya sabes, otra vez es Navidad: mira en tu interior, encuentra una razón para sonreír y perdonar y amar a los demás. No importa que no sea real, mañana estarás de nuevo esperando la luz verde del semáforo.

Puedes pensar que la Navidad no existe y puedes pensar que todos los días son Navidad.