bienvenido a la última puerta, más allá solo hay silencio
viernes, 2 de junio de 2023
Canción de amor
miércoles, 31 de agosto de 2022
En las terrazas muere agosto
No había acabado todavía la década de los 70 cuando en las tardes y noches de agosto junté versos que, brotándome a borbotones, hablaban del transcurso del tiempo. Tenía yo diecisiete años y una repentina conciencia de que la vida corría más rápido de lo que parecía. Ser adolescente, haber superado la infancia, era una conquista pero no iba a durar. El tiempo se precipitaba como un premio que escondía una condena, ser para dejar de ser, un continuo dejar atrás el camino andado.
En aquellos días se adivinaba ya que la playa, tal como la conocimos, iba a desaparecer para siempre. La fotografía en blanco y negro en la que diez años antes mi hermano se me escapa a la carrera representaba ese pasado, sin apenas bañistas, sin edificaciones mastodónticas en primera línea, un amplio espacio de quietud, en el que el sol y la sal te hacían sentir libre, dueño de todo el azul y toda la arena.
Escribí entonces:
Agosto tenía ese sabor a final de ciclo, a puerta del cambio, como también lo tenía diciembre, de otro modo. Después de agosto y el clima variable de las cabañuelas, septiembre era un mes luminoso, que invitaba a caminar por él. Mi padre cogía entonces las vacaciones, el mar estrenaba otro color, las noches se vestían de estrellas, y el horizonte rotundo de los días escondía bajo la falsa apariencia del eterno retorno la innegable razón de la existencia, pasar y no volver. El último de los poemas que escribí se cerraba así, y con él se clausuraba también un tiempo, el de mi adolescencia:
domingo, 26 de junio de 2022
A las doce de la noche
Hace ya mucho tiempo que las fiestas de Hogueras no empiezan el día de San Luis, el del solsticio. Varios días antes la ciudad entera es un laberinto por el que resulta difícil moverse, incluso a pie, y el derecho a molestar hace del día un fastidio y de la noche un lugar inhóspito. El ruido se escucha a ocho kilómetros, un fragor de miles de músicas urbanas y centenares de miles de conversaciones a gritos que solo se detiene con la luz del alba. Entonces el ejército de orcos y uruk-hais que tu mente imaginaba se esconde otra vez en las minas de Moria. El olor de los orines agrieta el aire irrespirable, y las suelas de los zapatos se despegan con dificultad de las baldosas. Así es durante una semana, hasta que el fuego lo consume todo en la noche de San Juan, y nada ha sucedido realmente.
Es entonces cuando la belleza toma al asalto El Postiguet, a las doce de la noche, durante cinco días. Es un éxtasis de colores en el cielo, la quietud negra de las aguas, el trueno que despierta una reverencia telúrica en el espíritu. Es el deseo o su recuerdo, que desnuda al verano recién estrenado, la caricia de un cuerpo que está o estuvo a la distancia de un beso. En cada cohete que busca las alturas vuela un jirón de tu alma, en cada luz que brota del mar se bañan tus años, los que has vivido, los que todavía te quedan por vivir. Cada explosión en forma de palmera de luz es a la vez asombro infantil y memoria de lo desconocido, certeza y sensualidad. Después el silencio.
lunes, 23 de mayo de 2022
Fin de curso
Hace ya catorce años que volví a la Universidad, un cuarto de siglo después de haberme ido. Los universitarios salpicaban las cespederas de una ciudad en miniatura, y en un rincón del inmenso parque encontré los viejos barracones militares donde nosotros subrayábamos el Kunkel y el Castán, pero el resto de edificios eran nuevos, muy nuevos. Incluso el viejo aeroclub, donde pasábamos la hora de historia del derecho entre cafés, copas de magno y partidas de flipper, estaba cambiado y no había ni rastro de la pista de aterrizaje. Si en aquellos felices años ochenta la conciencia de futuro había sido un lujo que no nos
permitíamos, en este nuevo escenario la sola idea
de futuro es un imposible, una herejía: no hay futuro cuando hay tanto
presente. En lo académico,
viernes, 1 de abril de 2022
A veces quemo libros (Motomami)
A veces quemo libros. Empecé hace algo más de una década, para hacer sitio en mi biblioteca. Libros de páginas amarillentas, difícilmente legibles. Ardían bien en la chimenea. Mi amigo Javier Arenas, psicoanalista translacaniano, se escandalizó al saber que había dado al fuego la autobiografía de Freud y los tres volúmenes de "La interpretación de los sueños". Sin darme cuenta le cogí gusto, y saqué de un arcón libros arrumbados que en su día no había acabado de leer. Cuando era joven me aferraba a los libros hasta el final, convencido de que en cualquiera de ellos hay una frase que merece ser salvada. El primero del que renuncié a encontrarla fue "Auto de fe" de Canetti, quizá lo empecé esperando algo distinto y acabé desentendiéndome. Me pareció justo que precisamente ese libro fuera el primero en alimentar el fuego. Otro amigo me dijo que solo los nazis quemaban libros, pero no me sentí mal.
En ocasiones aún quemo libros. Ya no tengo los que el tiempo degradó ni aquellos viejos cuya lectura abandoné. Ahora quemo errores, libros que compro y que me defraudan. No son muchos, porque sigo encontrando en cada libro una justificación de existir. Incluso los que quemo la tienen, pero no para mí. El último que entregué al rito purificador hablaba mucho de su autor y bastante poco de quien se suponía que era el protagonista. Antes que este quemé uno en el que la expresión "la ciudad portuaria de Duluth" aparecía demasiadas veces en las cien primeras páginas. Quizá soy muy exigente, pero cada uno tiene sus gustos y también sus manías, y en invierno hace frío.
Los discos son libros que no arden, que no tienen la oportunidad de redimirse en la hoguera. Por eso soy muy cuidadoso al elegirlos. Por eso no me imagino comprando un disco que combine el trap, el reguetón, la cumbia y eso que ahora llaman R&B. No me seduce ninguna de esas músicas, ni la fusión entre flamenco y música electrónica. No lo escucharía, me ocuparía un sitio que empieza a escasear en casa y nunca saldría de su funda. Puede ser un gran disco o no serlo, eso me da igual. Se trata de una simple cuestión de gustos. Todo se reduce a eso. Los libros, los discos, el fuego.
lunes, 14 de marzo de 2022
Peregrinos
viernes, 3 de diciembre de 2021
Doble rojo, doble azul
viernes, 19 de noviembre de 2021
De otros tiempos, otros lugares, otros volcanes
domingo, 31 de octubre de 2021
Relojes
En casa no tenemos relojes. No hay en la cocina, ni en el salón, ni en la mesilla de noche, ni en ninguno de los lugares habituales. Un cierto sentido del transcurso del tiempo me permite saber, con un margen de error de cinco o diez minutos en qué momento del día estoy, y por lo general es suficiente. Eso sí, cuando voy a trabajar me pongo un reloj de pulsera: no es recomendable llegar tarde y, mucho menos, salir después de la hora.
La casa en la que viví antes estaba llena de relojes pero ninguno funcionaba. La mayoría se habían parado años atrás, y unos pocos marcaban la hora que querían. No nos importaba, nunca les hicimos caso. Incluso el reloj de sol del jardín, medio tapado por una buganvilla, servía de poco: los rayos solares le llegaban con dificultad. Ese desdén por saber la hora exacta me viene, pues, de antiguo. Dicen los taoístas que quien usa el compás y la regla tiene el corazón del compás y la regla. Así también el tiempo, medido a una escala inimaginable con relojes atómicos, hace al corazón esclavo de los milisegundos.
La realidad es que - apunta Rafa Cervera en su último libro - no nos queda tiempo. Desde que nacemos empezamos a perderlo irremisiblemente. Tenía yo veinte años, como la canción de Serrat, cuando asumí lo inevitable. Entonces vivía en casa de mis padres, en donde todos los relojes estaban en hora y las campanadas de los relojes de péndulo agrietaban mi cerebro en noches de insomnio. Poco después, en el desierto del verano madrileño, escribí en una buhardilla de la calle Carretas una docena de poemas y con ellos me despedí de la preocupación por el tiempo, como quien abandona una vieja camisa.
Desde entonces no miro la hora.
viernes, 15 de octubre de 2021
Dagniol, número 11, 2º
jueves, 23 de septiembre de 2021
El paciente cero y los pájaros carpintero
En aquellos días llamé por teléfono a muchos amigos y conocidos. Sabía que estaban vivos porque compartían eso que llamamos "contenido" en las redes sociales. Les llamé para hablar con ellos, para escuchar su voz por si acaso nunca más podía hacerlo. A cualquiera de nosotros le podía salir el naipe. La muerte estaba ahí, era una escalera de color hacia la oscuridad, rodeado de nadie, cambiando la soledad de la agonía por un saco con una etiqueta camino del crematorio. El ministro competente anunció que los contagiados podían ser internados forzosamente en los polideportivos que habían quedado sin uso. Crematorios. Gulags. En el abandono de las interminables semanas de aquel mes de abril que no existió, marcaba números de mi agenda, escuchaba cómo alguien descolgaba al otro lado.
De esas tardes de soledad compartida, esperando que ella volviera del trabajo, recuerdo a Ramiro Domínguez contándome que escuchaba a los pájaros carpintero desde su ventana. Los libros eran nuestra salvación. Cuando hablé con Miguel López me recomendó los horizontes sin fin de "En la Patagonia", de Chatwin, y Ana Hortelano "A propósito de nada", las memorias de Woody Allen. Rafa Cervera, con quien me escribía, me hizo llegar su nuevo libro "Porque ya no queda tiempo" y en sus páginas leí que en la vida hay que dejarse herir por lo que es hermoso. Supe, en esos días, o tal vez solo confirmé lo que ya sabía, que esa propuesta es irrenunciable. Cuando meses después, el virus y mis anticuerpos jugaron sus cartas durante tres inciertas semanas, cada noche leía "El poder de las preguntas", de Miguel López, y cada mañana me despertaba con la respuesta del amanecer, hermoso, limpio y claro.
lunes, 23 de agosto de 2021
Las tijeras de mi padre
sábado, 14 de agosto de 2021
Zóbel
Cuenca, 1 junio, 2021
(Diarios de viaje. Juan J. Vicedo)
viernes, 13 de agosto de 2021
Espacio Torner
miércoles, 4 de agosto de 2021
En los palcos
Luis y yo nos conocimos en los Jesuitas, y allí nos quedamos al timón de una aventura llamada "Cabaret", una revista literaria ciclostilada y narcisista, como debe ser la poesía. Yo mismo había participado en su fundación, un año antes. Los que escribíamos en ella éramos horriblemente clásicos y vulgares, por no decir otra cosa: imitábamos, si podíamos, a Neruda, a Celaya, a Blas de Otero, a León Felipe. Luis no, él tenía su propio lenguaje. Y su visión de los sucesos no se parecía en nada a la nuestra. Era capaz de escribir sobre el hecho de escribir, sin más trascendencia. No como los demás, que creíamos en la función social de la poesía y en su utilidad como pañuelo de desamores. A él le parecía más interesante dar vuelo a las palabras y anunciar cosas como "Se buscan / gitanas vestidas / caballeros desnudos / y amor". Con versos como ese y el pseudónimo "Amós" me había saltado por encima en el certamen colegial de 1978, cuyo jurado presidía Juan Luis Mira. Mil quinientas pesetas. Se las llevó Luis, pero yo conservo su original, y no he dejado de leerlo desde entonces. Creo que salí ganando.
En 1982 estaba él en Madrid. Fui a verle y me dio una copia de algunas páginas de la revista Poesía, en la que había presentado Vicente Molina Foix a "5 poetas del 62". Mario Míguez, Leopoldo Alas, Amadeo Rubio, Alfredo Francesch y el propio Luis eran la avanzadilla de una nueva forma de entender esto de emborronar cuartillas. Ahí estaban sus fotografías, con ese deje ya entonces de ambigüedad y festivo desafío, de marginalidad exquisita y elegante distancia, que se reflejaba en los versos que leí por primera vez esa mañana de domingo. Había un poema de Leopoldo Alas, En los palcos. Con él comprendí a dónde me había ido llevando pacientemente Luis, a donde tal vez nunca podría llegar por mí mismo. No le volví a ver hasta una década más tarde. Era él ya un autor reconocido. Yo, por mi parte, dedicaba mi tiempo a aburridos escritos jurídicos, que exigían todos mis sustantivos, verbos y adverbios, pero muy pocos adjetivos. Había aparcado la exigente búsqueda de mi propio lenguaje, pero llevaba su enseñanza en mis bolsillos.
viernes, 12 de marzo de 2021
Un año robado
Cumplir 59 años me pareció entonces un momento interesante en mi vida. Era la despedida de la cincuentena. Pero se convirtió en el adiós al futuro: ese mismo día ya se sospechaba que algo iba a suceder, y en los supermercados se vaciaban las estanterías. Hace ya doce meses de eso, de la abdicación de todo plan, de la renuncia a imaginar el mañana, de la cercanía de la soledad, la enfermedad o la muerte. Un año en el que las fronteras se me movieron desde los Pirineos a la Aitana y, durante meses, a la muchamelera colina del Calvari. A veces la frontera era mi propia alma. ¿Quién me ha robado el mes de abril?, cantaba Sabina. Si solo hubiera sido abril... Un amigo me dijo hace poco que tenía la sensación de que nos había sido robado un año entero. Una deidad maligna, los gobiernos, los chinos... da igual, no es necesario buscar culpables, nos falta un año. Voy a entrar ya en los sesenta, una cifra que en mi niñez identificaba yo con la ancianidad. Los Beatles también creían que a partir de esa edad la vida era otra: when I get older, losing my hair. Hoy miro atrás, a este año robado, busco algo en él que quiera recordar y me veo como Woody Allen recitando ante un magnetófono mis razones: el ruido de la llave cuando ella llegaba a casa, el libro que escribí mojando cada frase en el vaso de whisky, la voz de mis amigos al teléfono lejos de mí y tan cerca, un ramo de novia con flores cogidas del jardín una noche sin luna, la última cerveza junto a un hombre bueno. Mientras esas cosas sucedían y otras dejaban de suceder, el mundo siguió girando y desde mi ventana cada atardecer era diferente.
viernes, 12 de febrero de 2021
¿Hay vida en Marte?
Sexto día. Manos de cera, blancas como las de Nosferatu. No importa: no tengo fiebre, respiro bien. Ayer sentí como si me hubiera caído por la escalera, rebotando de espaldas en cada escalón, dieciséis escalones. En realidad me estaba lavando los dientes, pero me dolió igual, durante horas. Estoy bien, duermo bien, y respiro y no tengo fiebre. Se acerca el séptimo día, la frontera de lo desconocido. Leo para tener la mente puesta lejos de mí, para no interrogarme sobre cada síntoma nuevo del carrusel caótico en el que vivo. Miguel López, el poder de las preguntas. Berlanga, el último austrohúngaro. Rosa está en otra habitación de la casa, hablamos por teléfono, a veces la llamo para leerle un párrafo que me ha gustado. Me dice que ha perdido el gusto, solo distingue el sabor de las aceitunas. Sangre andaluza.
Décimo día. Estamos fuera de peligro, pero no puedo ordenar una estantería sin sentir que me falta el aire. No importa: hemos cruzado la frontera. Dentro de unos días, o unas semanas, o un mes, volveremos a ser como antes, a sentir como sentíamos, a fatigarnos solo cuando queramos. Eso dicen. Nadie sabe nada. No saben cómo protegernos, no saben cómo curarnos, a veces tampoco saben cómo salvarnos de la muerte. No hay garantías, solo estadísticas. Contra esta enfermedad luchas en solitario, a veces también en soledad, esperando el desenlace de la batalla. Imaginas al enemigo explorando todo tu cuerpo: ese dolor de cabeza persistente es él, esos pinchazos en las piernas son él, ese dolor repentino en las yemas de los dedos también, esa náusea inesperada es él explorándote, la temida tos te dice que él está ahí. Imaginas esas partículas diminutas que no aciertas a definir pero que son parte de ti y le están cerrando las puertas, una tras una, y te dices que todo va bien. Pero solo sabes que no va mal.
Nadie sabe nada, y no sirve de nada preguntar a los murciélagos si es verdad que fueron ellos. No contestarán. Hemos fracasado, en su estatura gigantesca el ser humano se hunde en la ciénaga de su ignorancia. En diciembre de 2019 estábamos orgullosos del último avance tecnológico, de la sofisticada arquitectura del último microchip, y un virus de ridícula apariencia, una pelotita con brazos, se burla de nosotros desde entonces y nadie sabe cómo pararlo. Somos capaces de llegar a Marte, pero nunca resolveremos si hay vida allí. Miro por la ventana esta mañana, veo la niebla. Sé que detrás hay vida. Lo anoto en mi cuaderno de certezas.
sábado, 30 de enero de 2021
¿Habéis bailado alguna vez esta canción?
Gabi murió hace ya tiempo. De los demás, de Bruno, César, Pepe y Pedro, no sé casi nada. De algunos, nada. Teníamos quince años, una edad en la que el horizonte siempre es azul y despejado, aunque solo hasta ciertas horas: por la noche había que volver a casa, aunque la ciudad entera estuviera en fiestas. Quince años, entonces, significaba estar todavía a seis de distancia de la mayoría de edad, pero el curso había acabado y teníamos todo el día libre. No sé cómo ni por qué pero aquella tarde de Hogueras la pasamos en una cochera vacía de alguna calle que no recuerdo en el barrio de El Pla, la persiana a medio bajar, las bombillas a medio encender. Había chicas, aunque no sé sus nombres, creo que nunca las volví a ver. Esas muchachas vestidas de verano eran quienes daban su verdadero sentido a la tarde. Sin su presencia nada hubiera sido igual, no podría haberlo sido. Solo porque ellas estaban con nosotros la oscuridad temblaba, levemente intuíamos posibilidades apenas imaginadas. La tibia atmósfera de aquel encierro voluntario tenía el aroma de la libertad. Oíamos las voces del exterior, algún que otro petardo, los coches que de vez en cuando pasaban por la calle estrecha y poco transitada, y sobre todo nuestra música, la que nos hacía sentir protagonistas de algo todavía por definir.
La música y el humo del tabaco negro lo envolvían todo y las bebidas que preparábamos como alquimistas tenían nombres, vaca verde o lumumba, que nos evocaban elixires clandestinos. Habíamos llevado un tocadiscos, unos bafles, y un puñado de elepés, los que nos gustaban. Era el verano de "I love to love" y de "Sabato Pomeriggio", de canciones con las que habríamos podido bailar, pero no las teníamos, y en el garaje, mientras estábamos inmersos en un ritual tan trivial como fascinante, sonaban Grand Funk, Lou Reed, y también Billy Cobham, su disco "Spectrum": a todos nos gustaba mucho "Red Baron". Con las primeras notas de "Europa", de Santana, alguien tomó por la cintura a una de las chicas. Era la señal, pero no podía durar mucho, la canción se iba por otros derroteros en menos de tres minutos. Bailar pegados no era así, y Sergio Dalma ni siquiera existía. Creo que fue Gabi quien tuvo la intuición: había una canción en uno de aquellos discos, lenta en su cadencia, oscura en su caricia, perversa en su delicioso dejarse ir. Una canción que no debía haber estado en ese disco, pero acabó en él porque la censura del régimen eliminó otra, "Heroin". Era lo que necesitábamos. Esa tarde sonó varias veces y con cada una de ellas se formaron parejas que se deshicieron al terminar, conexiones furtivas y efímeras de su melodía cómplice. Lou y sus amigos paseaban por el lado salvaje mientras nosotros entrábamos por la gloriosa puerta de la adolescencia.
Unas horas después bajamos hasta la playa. Hoy vislumbro desde otro siglo el rostro de la chica cuyo nombre borró el tiempo, su camiseta a rayas azules y blancas, su cabello ondeando en la noche, rescato la fragancia de su colonia. Por la megafonía de los autos de choque de El Cocó se oía, entonces sí, a Tina Charles.
martes, 12 de enero de 2021
Yo que creí que la luz era mía
lunes, 28 de diciembre de 2020
A propósito de Henry Purcell
sábado, 19 de diciembre de 2020
Y nosotros nos iremos...
Otro año más, la navidad. Conscientemente escribo la palabra con minúsculas, de la misma manera que escribiría “invierno”. La navidad es eso para mí, una breve estación del año, en la que el clima se mide por el calor o el frío del corazón. Recuerdo navidades tempranas y cálidas en las que he puesto el árbol el día de San Nicolás, 6 de diciembre, y otras tardías y heladas en que a regañadientes lo he hecho la misma mañana del 24, fun fun fun. Estas dos semanas son un termómetro de mí mismo y de mi relación con el mundo. Y el tiempo corre.
Me veo con siete años en casa de mi bisabuela, escuchando por primera vez ese villancico: “la nochebuena se viene / la nochebuena se va / y nosotros nos iremos / y no volveremos más”. La bisabuela Ana había nacido en otro siglo, el diecinueve, y para ella la hoja roja de Delibes no tardaría en aparecer. Está escrito en el Heike Monogatari que en el tañido de la campana del monasterio de Gion resuena la fugacidad de todas las cosas. En aquella lejana tarde de 1968 tal vez escuché yo ese sonido. Campana sobre campana, dice otro villancico. Puede ser. Cada navidad es una arruga más en mi piel, un círculo nuevo en el tronco de un árbol, alguien que ya no está, alguien que antes no estaba.
Desde hace algunos años la navidad es también escuchar la voz ronca de Dylan cantando “Adeste fideles”, y saber que esa romántica fantasía de los pastorcillos y el pesebre es un episodio en el que no hay ningún dios, que los reyes magos somos nosotros en un viejo sueño y papá noel un señor disfrazado que suspira por un trago al terminar la jornada. Lo único cierto es que la navidad se irá y volverá, y que nosotros nos iremos un día para no volver.
A veces estoy tan cansado de este
ciclo cuyo final desconozco que retraso su inicio, y no compro el tiesto de flores
de pascua ni saco a los duendecillos de su caja, y los días pasan. Pero una
tarde cualquiera pienso en lo luminoso que será el primer amanecer de enero y entonces
todo empieza de nuevo, como el año anterior y el otro y el otro, y el árbol se
llena de esferas blancas y rojas. La navidad es también eso, un estado de ánimo,
todos los estados de ánimo.
domingo, 1 de noviembre de 2020
Qué solos se quedan los muertos
No sé si he dicho alguna vez que John Wayne es mi actor favorito, pero lo es. En "She wore a yellow ribbon" (aquí titulada, qué horror, "La legión invencible") el capitán Brittles, que es su personaje, tiene la costumbre de ir al pequeño cementerio del fuerte para conversar con su difunta esposa y regar las flores de su tumba. Yo también tenía el hábito de, en tiempos de zozobra, charlar con mi padre, al menos mientras existió el pomelo a cuyo pie estaba enterrado. Necesitamos sucumbir a ese impulso romántico para no hablar con ellos en cualquier lugar, ya sea la cocina de casa, el ascensor del trabajo o la parada del autobús. Nos mirarían con desconfianza si lo hiciéramos, y es posible que alguien avisara a la policía.
Hoy es el día en que los cementerios rebosan de flores. "Voy a visitar a la familia", decía mi suegra de entonces. Ahora nadie la visita a ella, sus cenizas volaron por la sierra de Enguera. Nunca he entendido este ritual del primer día de noviembre. Los budistas tibetanos, con los que compartí andadura durante dos años hace ahora una década, llaman al cuerpo "lo demás", en contraposición al espíritu. En nuestra cultura también: le llamamos "los restos" pero solo cuando morimos, los restos mortales. Y no deja de ser una paradoja pensar que los seres queridos están allí donde un día los sepultaron y no en el Cielo en el que creen muchos de los que cumplen con el rito anual.
Por mi parte si alguien quiere recordarme cuando me haya ido, incluso hablarme sin esperar respuesta, que me busque en los atardeceres o en las noches estrelladas. Que mis cenizas se dispersen en la Aitana, en el antiguo campamento más allá de la Font del Molí. Ya que puedo elegir, en esa tierra fui feliz en los veranos de mi infancia, y lo sigo siendo siempre que vuelvo. No estaré allí, porque los muertos no están en ningún lugar, pero si subís a visitarme os aseguro que disfrutaréis del paisaje.
domingo, 4 de octubre de 2020
El vendedor de enciclopedias
Era un hombre bueno, en el sentido machadiano. Cuando yo era niño él vendía enciclopedias. Entonces no lo conocí, pero es posible que mi padre sí, porque en casa teníamos una de las que él vendía. Dicen que nunca se enfadó con nadie y aunque eso resulta difícil de creer estoy convencido de que es verdad. Le conocí hace solo cinco años, y unos meses después tomé café con él y le dije que su hija y yo nos íbamos a vivir juntos. "No te voy a explicar lo que es la convivencia, eso ya lo sabes, pero te voy a dar un consejo: comunicación", dijo y terminamos el café. Hoy se ha ido, no sé a dónde. Borges citaba a Malherbe: he vivido como todos, quiero morir como todos, quiero ir donde van todos. Pepe no era escéptico, era cordobés, que es otra corriente de pensamiento. Creo que él creía en el Paraíso, y eso es una ventaja. Se ha marchado pronto, de madrugada, para no llegar tarde a misa. Supongo que estará en algún lugar soleado, paseando sin mascarilla, y que allí el Madrid gana siempre, aunque juegue mal. No me importará acompañarte un día, Pepe, si hubiera gamba roja.
domingo, 20 de septiembre de 2020
No cojas las acerollas
miércoles, 2 de septiembre de 2020
Luz de luna en sus ojos
Into your eyes where the moonlight swims
Buda tenía esa mirada lejana que te hacía pensar que estaba viendo cosas que tú no veías. Su alma habitaba en un territorio desconocido, su mundo decididamente no era el mismo que el tuyo, pisaba un suelo que tú no alcanzabas a definir, un sendero en el que sus huellas nunca se borraban. Acompañó a su ama en sus valles y en sus cimas, en sus momentos difíciles y en los más luminosos. En todo este tiempo, más de doce años, nunca llegué a comprenderla del todo. Me fui de aquella casa un día, y ella se quedó, con su misterio indescifrable, al otro lado de la calle.
Este último mes de junio su ama quedó aislada por la enfermedad y ella volvió conmigo. Nada había cambiado, su mirada impenetrable te hacía dudar de tus razones estériles, de por qué nuestras pequeñas miserias humanas eran lo real y su horizonte incógnito sin embargo no era tangible, por qué habíamos sido arrojados a esta existencia turbulenta y apasionada, por qué no éramos como ella, por qué seguíamos anclados a ambiciones y sinsabores artificiales. A veces Buda volvía hacia ti sus ojos y parecía compadecerte. Hoy se ha ido para siempre, a las once y media de la mañana, y yo, no sé por qué, he tenido el impulso de escuchar "Sad-Eyed Lady of the Lowlands".
domingo, 26 de abril de 2020
Imagina un mundo sin miedo
miércoles, 8 de abril de 2020
"Héroes"
La cajera del supermercado dio preferencia en la cola al muchacho vestido con un traje naranja, una deferencia con un héroe. Ella, la cajera, también lo es. Una mujer protestó, venía de una intensa mañana en la UCI, dijo. Esa mujer también es una heroína. La farmacéutica del barrio no dijo nada y esperó su turno. No está segura de ser una heroína, aunque todas las tardes su jefe la hace salir a las ocho a recibir el aplauso de los balcones. Ayer en un informativo sumaron a los basureros a la lista de héroes.
En la Mitología de Humbert, que mi abuelo Ismael compró en la Librería Pueyo de la calle Arenal en 1928, la categoría de héroe se reservaba para personajes como Hércules. Hoy no es necesario llevar a cabo proezas míticas. Ni siquiera acciones de excepcional valentía. Basta con cumplir con tu trabajo, exponerte al riesgo de esta pandemia sin saber qué naipe te ha reservado el azar: la inmunidad, la enfermedad o la muerte. Las motivaciones no cuentan, hay que hacerlo, sea por vocación, sea porque la alternativa es el desempleo.
Otros estamos confinados en nuestras casas y desde hace semanas la vida sigue igual, aunque menos igual que antes. Gracias a esas gentes sobrevivimos, podemos hacer la compra, retirar nuestras medicinas, tener la esperanza de que si la fiebre hace presa en nosotros alguien nos atenderá. Ellos nos hacen la vida soportable en el encierro porque son nuestros semejantes. No son héroes. Esta sociedad, que ha sustituido los personajes habituales del cine por superhéroes de ficción, necesita héroes para poder imaginar que la vida es una película.
David Bowie entrecomilló el título de su canción más conocida, aunque muchos no se hayan dado cuenta. Ese mismo año The Stranglers asaltaron las listas con su sencillo "No More Heroes". Si no nos damos cuenta de que el valor de las personas está encerrado en ellas mismas y no en palabras desgastadas inútilmente, tal vez sobrevivamos al virus pero no a nuestra propia inmadurez.
miércoles, 25 de marzo de 2020
Regreso al Vals de Frías
VIDEOS COMPLETOS EN https://www.youtube.com/playlist?list=PLeRE1LOi4PRqySl8-lefRNU9hS7wINVdo
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