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martes, 21 de julio de 2026

De balones y patadas

 

El fútbol ha cambiado mucho desde que mi padre me hizo esta foto. Para empezar, en aquellos años todavía había quien le seguía llamando balompié. No solo eso, se usaban términos tan olvidados hoy o en desuso como "orsay", "corner" o "chut", que se correspondían con los actuales "fuera de juego", "saque de esquina" y "disparo". Mi abuelo Rafael también decía "faus", cuando alguien cometía una falta. El abuelo había sido uno de los fundadores del Hércules C.F. y llegó a jugar en el equipo titular en los tiempos en que los campos no eran verdes. Si jugasen en campos de tierra como jugaba yo, no se tirarían tantas veces al suelo - solía decir. El fútbol entonces y durante algunos años más era otra cosa, y Johan Cruyff podía esquivar a los contrarios sin que le rompieran una pierna. Maradona ya no pudo, pero sabía meter goles con la mano, que decían los argentinos que era la de Dios. Ay, Dieguito. Ay, los árbitros. Antes siempre vestían de negro y por algo sería. Mi tío Vicente, que emigró a América, fue árbitro internacional por Venezuela en el Mundial de 1974. Me dijo que un árbitro debía ganarse el respeto, no imponerlo. El clásico debate entre auctoritas e imperium. En España nunca hubo buenos árbitros, o eso pensábamos. Yo sigo pensándolo, solo que ahora el mal se extiende por todo el planeta, como la gripe. 

Hoy el fútbol ya no se juega en las calles con la ropa de diario y los zapatos del colegio. Los niños se federan y los padres los acompañan cada fin de semana a competir. Fantasean con que los hijos sean futbolistas profesionales o posen en campañas publicitarias. En los años sesenta todas las tardes había un partidillo callejero donde yo vivía. La pelota rebotaba en los automóviles aparcados o desaparecía bajo el chasis, y el juego - un infantil barullo de piernas, un caos controlado - nunca se interrumpía salvo que pasara un coche. Se jugaba en las calles y en los descampados y en los patios enlosados de los colegios y en cualquier lugar en que se pudiera fingir una portería (no hacía falta que hubiera dos). En los viajes familiares llevábamos una pelota en el maletero y recuerdo haber tirado penaltis en una pradera pirenaica. Sí, el fútbol ha cambiado tanto desde aquella foto. Ya casi no veo partidos. Pero nunca he olvidado aquella noche en la que soñé que marcaba en el Bernabeu a pase de Xavi. 

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